Cuando pensamos en Japón se nos vienen a la cabeza sus templos, sus diferentes menús basados en verduras y pescado, los impresionantes templos, pasando por hobbies como el anime. En los últimos años se ha sumado una categoría más a la lista de pensamientos recurrentes cuando tratamos de llevar a nuestra imaginación el territorio nipón: los inventos absurdos.

Mantequilla en stick como el clásico pegamento que usabas en Primaria, gafas para no llorar cuando partes cebolla o un entrenador fitness para, atentos, mejorar tu sonrisa. Japón no tiene límites a la hora de echarle imaginación a cualquier tipo de producto que, a priori, carece de total utilidad. Y es aquí donde principalmente reside la ?magia? del Chindogu ???, un término que acuñó Kenji Kawakama.

Corrían los años 80 y nuestro protagonista, Kenji, decía abandonar los estudios de ciencias. Pasó mucho tiempo trabajando en una revista de venta por catálogo, curioso por otra parte si tenemos en cuenta que el propio Kenji se definía a sí mismo como un auténtico anticapitalista de manual. Nada fuera de lo normal hasta ahora, salvo cuando el bueno de Kawakama decidió rellenar esos espacios en blanco que faltaban en los catálogos con inventos de lo más absurdo.

Lo que en un principio fueron gafas para poder echar como es debido el colirio, evolucionó al palo selfie que conocemos todos a día de hoy, llegando hasta otros ?inventos? aún más estrafalarios e inútiles como la corbata paraguas o el mono mopa para bebés. La imaginación de Kenji estaba a pleno rendimiento lo que sin duda le aupó al éxito en territorio japonés.

 

Fue entonces con aquellas primeras gafas para colirio cuando el japonés decidió dotar de un término a semejantes proyectos. El nombre sería Chindogu y su significado estaría ligado a objetos que en un principio pudieran solventar problemas cotidianos del día a día, de carácter extraño pero cuya funcionalidad real estaba en entredicho.

Lo que en un principio fue para Kawakama un mero divertimento para sacar a la luz el lado más oscuro del capitalismo, finalmente se convitió - casi - en una religión para muchos jóvenes de Japón. Junto a Dan Papia, editor del Tokyo Journal, Kenji creó la Sociedad Internacional del Chindogu (ICS) en 1995, dando así de manera oficial no sólo aún más visibilidad a los inventos, sino también la patente.

Según el ICS, que llegó a sumar a sus condiciones para garantizar la patente la aprobación de diversas universidades externas de Japón, todo proyecto debe parecer útil a simple vista, pero jamás tener que usarse con total fiabilidad, primando así la inutilidad. Entre otros requisitos también se encontraban el ser un objeto de uso cotidiano, ser construído al menos una vez o no crearse pensando en una broma para los demás.

El resultado de tal éxito tras la fundación del ICS fue tal que miles de japoneses se lanzaron en masa a dar rienda suelta a su imaginación para crear el más difícil - e inútil - invento jamás creado. Una moda que, aunque parezca mentira, todavía sigue despertando pasión entre los nipones a día de hoy.