Si los usuarios no son demasiado observadores o no están 100% atentos al título, es posible que ni siquiera se den cuenta que Pokémon Espada y Pokémon Escudo incluye una crítica sutil al cambio climático y a la destrucción de los océanos en el juego. Las dos versiones del nuevo Pokémon para Switch incluyen una nueva criatura llamada Cursola que, en realidad, es una evolución de un Pokémon que ya se incluía en la segunda generación: Corsola.

Se trata de un Pokémon marino que representa a un coral. En las primeras ediciones en las que apareció, Pokémon Oro y Plata en 1999, se mostraba como un coral de un bonito color rosáceo. Su descripción de la Pokédex nos dice que "las ramas de Corsola brillan con belleza hasta en siete colores cuando les da el sol. Si se le rompe alguna, el Pokémon la regenera en tan solo una noche". Pero algo ha cambiado en Pokémon Espada y Escudo.

Como muchas personas preocupadas con el cambio climático y la destrucción de los océanos conocen, grandes barreras de coral están muriendo y, cuando un coral está enfermo y muriendo, pierde el color y se queda blanquecino. Suele suceder cuando el coral se ve afectado por un gran periodo de estrés y, aunque logren sobrevivir, pueden tardar meses o años en recuperar su color.

 

Esta misma característica la vemos en Pokémon Espada y Escudo para Nintendo Switch. Y es que Corsola incluye una versión alternativa en este episodio, la cual ha perdido todo su color, se ha producido el blanqueamiento del coral por culpa del cambio climático. Su descripción en la Pokédex nos dice que "El repentino cambio climático eliminó el antiguo tipo de Corsola", siendo cambiada por esta versión fantasmal. Se ha convertido en un parásito que "absorbe la fuerza vital de los demás a través de sus ramas". Evoluciona a Cursola, un coral fantasma.

 

Japón es uno de los países que más arrecifes está perdiendo a causa del blanqueamiento del coral, un proceso que ha aumentado en los últimos años. Por ejemplo, uno de sus mayores arrecifes situado frente a la isla de Ishigaki, en el archipiélago de Okinawa, vio como el 70% de su superficie se blanqueó en 2016 a causa del aumento de la temperatura del mar.